Refracciones de una tarde de verano

No fue una tarde cualquiera no, y no lo siento. Al albur de los acontecimientos no vale la pena nadar y guardar la ropa. Nunca es suficiente.

No es cierto que pasen 38 años y uno pueda parecer retórico y pedante, asimilando vaivenes del tiempo, acumulando recuerdos de seres queridos <<de los que no están y de los que asisten pero no se les espera>>.

No es verdad que los poetas no tienen memoria, no puedo afirmar que haya descuido, ni dejadez, no quiero considerar la palabra AMOR sin que valga lo que considero, como si pudiera obviarse con una «sonrisa etrusca» sin que pueda pervertir un sentimiento que aflora cada día, que permanece intacto no como un tatuaje descolorido sino como una estrella fugaz que pasa por delante sin que te des cuenta.

Por más que escribo no puedo dejar de repetirme, quisiera ser más de lo que soy para darte más de lo que tengo. Mi mayor error es considerar el éxito tal cuaderno de poesía <<inacabado e inexistente>>, mi desacierto proviene de la ceguera de quererte tanto sin saber dejar de estar ausente.

Cuando la luz atraviesa dos medios diferentes, como el aire y el agua, desvía su dirección, se llama refracción, de vez en cuando sucede, en las tardes de verano.