Bye Ozzy, gracias

A mí que haya fallecido Ozzy Osbourne me retrotrae a cierta época, de camisetas de Iron Maiden, de parches de Whitesnake, de amigos de radiocasetes con derecho a copia, de tardes (digo bien tardes porque la noche se escondía para nosotros) cuando el Bar Bierkeller, Torremolinos, olía a cerveza negra.

Heme aquí colegas, que hay que desconfiar de los hombres con barba y sin barba, de los que no gustan del lúpulo, y sobre todo, de los que nunca han sido Heavys. Una música que no puede entenderse sin escuchar a Black Sabbath, en realidad mucha de la música rock posterior no puede comprenderse sin atender a los registros de una banda tan peculiar como su primer cantante y por supuesto, sin el guitarrista Tony Iommi por cuya estética compré mi primera guitarra seria, una Gibson SG que añoro cada vez que pienso en ella, como a un amigo que perdiste en unos fuegos fatuos, es decir, por algo sobrenatural.

Reconozco que mantuve sesudas discusiones acerca de si era mejor DIO que Ozzy. Mil veces me pareció el primero mejor cantante, tal vez porque no comprendía el espíritu a veces insano y desordenado, por momentos perturbador, del segundo; y porque otras tantas, resultaba inútil hablar de técnica cuando se trataba de música y lo que importaba era el magnetismo por encima de la supuesta «calidad».

En el Rock la realea son gaitas y el linaje se aprende siendo transparente de un modo que uno se imite únicamente a sí mismo. Y es que Ozzy estaba siempre en ese estatus de «lo que ves es lo que hay, lo que tienes», no era una pose ni una representación, o al menos a mí nunca me lo pareció, y si fue un engaño espero que nunca nadie pueda desvelarlo.

Descanse en paz.